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domingo, 15 de octubre de 2017

Demasiados mitos en Peña Amaya (y 2).


Dejábamos el asunto en el momento en que las tropas bereberes islámicas desembarcaban en las costas del reino visigodo con la excusa de apoyar a uno de los contendientes.

Peña Amaya con la roca del castillo al fondo.

Teníamos el Ducatus Cantabriae –fundado entre el 653 y el 683-, con capital en Amaya Patricia, una circunscripción administrativa plena subdividida en “territorias” nucleadas por un castrum o castellum. De cada uno de ellos dependía un cierto número de villas y aldeas tributarias. Entre los territoria más relevantes del ducado de Cantabria se encontraban: Carrantia en la fachada atlántica y Campodio, Ripa Iberi, Malacoria, Castella, Mena, Tobalina, Flumencielo y Lantarón en la vertiente mediterránea de la cornisa cantábrica.

Amaya era la única civitas (Ciudad) de la zona y sus castra/Castella más notables eran Vellica, Castrorierro, Tetelia, Área Patriniani, Sobrón y Miranda. El ducado limitaba a levante de norte a sur con los territoria de Vizkai, Alaba, Urdunia, y Alaón que pertenecían al comitatus Vasconiae gestionado por el comes Casius. ¿Los famosos Casio convertidos luego al islam?

En el área de esta nueva provincia visigoda de Amaya se han encontrado monedas godas y broches de la segunda mitad del siglo VI. Los asentamientos son tan numerosos que dejan claro que la campaña de Leovigildo incorporó plenamente Amaya a su reino. Las acciones de Sisebuto se producirán más al oriente.


Y todo esto se desmorona por la ambición de los Witizanos. Los árabes, utilizando la todavía empleable red de vías romanas se desbocaron hacia las diferentes ciudades y fortificaciones visigodas para su dominio. Más fáciles en las poblaciones de partidarios de Witiza, al ser sus teóricos aliados, que en las demás. Los witizanos colaboraron con los vencedores, pero bien pronto comprendieron que los musulmanes iban a ser los nuevos amos.

Unos meses después de la batalla de Guadalete, las tropas musulmanas al mando de Táriq llegaron a Toledo. La ciudad aterrorizada se rindió mediante un pacto y el caudillo musulmán entró en ella el día 11 de noviembre, día de San Martín. La mayoría de la nobleza había huido pero no de los moros sino de los witizanos. Aun así, a ciertos señores que se habían quedado en Toledo Táriq los mandó matar. ¿Y el pacto? Pues parece que el crimen fue instigado por Oppas, hijo del rey Egica, hermano de Witiza y metropolitano de Sevilla que venía con los africanos. Otros que habían huido y fueron capturados también sufrieron la misma condena. Eran magnates visigodos que se habían distinguido por su enemistad con los witizanos o no les habían prestado el apoyo que ellos esperaban. El cronista descargaba las culpas sobre Oppas más que sobre los musulmanes.

El rey don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete

Sin tomar aliento, los agarenos entran en Clunia. Enfilan la vía de Cantabria y, cruzan el Arlanza para llegar ante los riscos de Amaya que saquearon pero sin destruir. Ahí pararon porque lo importante era dominar las poblaciones importantes y no todos y cada uno de los poblados. Además era peligroso internarse con poca fuerza en el laberinto de las montañas.

Dicen que gobernaba en Amaya el dux Pedro. Durante un tiempo se le mitificó haciéndole hijo del rey Ervigio seguramente buscando enaltecer su linaje y el de sus descendientes. Probablemente fuese godo como las tropas a su mando. Una leyenda sueña con que está enterrado en Tedeja, en Santa María de los Reyes Godos. Y, lo más importante sobre el dux: será el padre del futuro Alfonso I del reino Astur. Irónicamente, por esta vinculación sabemos de la existencia del ducado de Cantabria.

Imagen de Justo Jimenez

Me explico: es la Crónica Albeldense quien dice que Alfonso I es hijo de Pedro a quien titula como Dux de Cantabria y cita a Amagia (Amaya). Según Martínez Díez esto se confirmaría indirectamente por el título de duque que se le da también en la crónica Silense y por el apelativo de Amaya Patricia que solo se daba a las sedes ducales.

Tarik ben Ziyad, está el año 712 en Amaya y, probablemente, después en Astorga descabezando las provincias ducales visigodas de Cantabria y Asturias. Esto permitió a Muza ibn Nusayr concertar, con los notables de Yilliquiyya (Galicia) que salieron a su encuentro el año 714, una ponderada carta de amán, tras haber hecho lo propio con el bilad al-Baskunis o comitatus Vasconiae. Según Pérez de Úrbel los de Amaya rechazaron el Amán “pero se vieron obligados a capitular después de un asedio, que no debió ser muy largo, pues Muza tiene tiempo para reanudar aquel paseo victorioso, entrando en Lacóbriga (Carrión)”.

Gracias a pactar el islam pasó a controlar la generalidad de la cornisa cantábrica, creando circunscripciones administrativas de nueva planta: una en la costa, con capital en Gijón -la kura de Asturias-, que se extendía por el borde litoral hasta el Nervión, y dos en el interior, la kura de Amaya y la kura de Alaba wa Quilá. Las gestionaban los segmentos correspondientes a los viejos complejos técnicos de Cantabria, Autrigonia y Caristia. Unos y otros datos prueban que los pactos que Muza ibn Nusayr concertó el 714 con los notables del bilad al vascunis o comitatus Vasconiae y con los de yilliquiyya —representaba en este sector por el Ducatus Cantabriae, sometido, sin embargo, a la fuerza con anterioridad— funcionaron inicialmente con absoluta naturalidad.

Desembarco de Tariq (por Ángel Pinto)

¿Cómo pudo ser? ¿Cómo lograron unos pocos soldados musulmanes dominar el reino visigodo tan fácilmente? ¿Realmente dominaron el norte? Debió ser más fácil de lo que pensamos porque la fulgurante rapidez con que se movieron, la mayoritaria consideración que mostraron con los cristianos, el temor que infundieron tras resonantes éxitos militares como la rendición de Amaya Patricia, y el manifiesto respeto que tributaron inicialmente a los pactos firmados les permitieron hacerse presentes, para recaudar, por todos los rincones del centro y norte peninsular. Una estrategia que aplicaban con más ahínco que la obtención del botín o el exterminio de los vencidos. La gente del libro permanecía viva para pagar impuestos y trabajar.

Así, una base de operaciones tributarias se situó en Gijón para la fachada atlántica lo que era congruente con el estado de cosas del lugar. Allí podían contar con el apoyo interesado de los titulares hispanogodos de las villae esclavistas de la llanada central asturiana, dispuestos a mantener la mejor relación posible con cualquier poder que les garantizara tres cosas: respeto a su estirpe, tributación ponderada y amparo al patrimonio y al régimen laboral que les sustentaba.


Entre esos terratenientes estaba Pelayo que, constituido en rehén para garantizar el pacto concertado por sus pares, participó activamente, además, en las delegaciones que ejercían la diplomacia entre las tierras del norte y la capital del emirato.

Hubo mucho “templar gaitas” con los moros porque los caudillos estaban encantados con una dominación que les permitía mantener su estatus o mejorarlo convirtiéndose al islam. En las serranías del norte la fórmula islámica, y su tributación, fue bien acogida por los funcionarios hispanogodos y por los líderes campesinos que pactaron y se convirtieron a tiempo, pues, en contrapartida, les permitió seguir ejercitando la actividad recaudatoria que habían desempeñado al servicio del Estado bárbaro por más de un siglo.

También se intensificó el resentimiento de aquellos que, como Alfonso y Fruela, hijos del dux Pedro de Cantabria, habían perdido una prometedora carrera política. Sepamos que, cuando quisieron integrar el ducado de su padre en el reino astur, tuvieron que reestructurarlo comarca por comarca, síntoma de que había pasado por completo a manos del islam.


La victoria de Pelayo contra el general Alkhama en Covadonga vació de moros una amplia zona; unificó los segmentos ducales trasmontanos de Asturias y Cantabria en un solo reino que quedó afianzado con la boda de Alfonso I, primogénito del dux Pedro, con Ermesinda, hija de Pelayo; reintegró al cristianismo a los tornadizos; y, finalmente, realineó a los terratenientes con el triunfador.

Alejados de esa zona libre de armas moras es muy probable que hubiese conversiones al credo coránico de una porción significativa de los cristianos nativos, que se constituyeron en muladíes al menos por tres décadas. Y con ello, poco dados a rebelarse y a “recuperar” un espíritu de “indómito montañés”. Lo prueban las fuentes musulmanas que establecen una relación de causa a efecto entre el posterior desalojo del islam del espacio astur y reintegro instantáneo de los tornadizos al cristianismo.

Tampoco se crean que la rápida conquista musulmana del norte fue un paseo triunfal, aunque se rindiese Amaya, como apuntan las interesadas crónicas musulmanas. Los años previos al levantamiento bereber nos encontramos con la revuelta de Pelayo y un incremento de la tensión tributaria. El larvado contencioso entre los cristianos y los agarenos cobró un sesgo nuevo cuando la espantada beréber prendió el 740 por las serranías norteñas y por la Meseta Superior como remoto eco del formidable levantamiento que promovieron sus hermanos del Magreb contra la insultante prepotencia –hoy diríamos “supremacismo”- de los árabes.

La batalla de Guadalete (Ángel Pinto)

Estimulados por el éxito de los norteafricanos, los beréberes del centro-norte peninsular, que se habían hartado de malvivir, se replegaron belicosamente hacia el sur, ahuyentando o eliminando a su paso a los escasos contingentes árabes aposentados en las ciudades y enclaves más relevantes del arco montañés.

Aunque la retirada de los mahometanos se prolongó algo más y, en realidad, no se consumó totalmente hasta el año 754, lo cierto es que, tras la deserción de los beréberes —precisamente los responsables del control militar de la cristiandad—, las posibilidades de mantener sus propósitos tributarios y destinar parte de ese tesoro al mantenimiento de las estructuras del estado islámico resultaron imposibles a partir de los años cuarenta del siglo VIII.

Este repliegue de los conquistadores provocó el estupor de los recientes muladíes que pasaron a ser neófitos musulmanes, condición que la parálisis expansiva de los astures impidió que se convirtiera en un inconveniente mayor. Estos hispanomusulmanes decidieron aferrarse a su nueva fe tras el rápido e inopinado repliegue beréber. Les daba un poco igual estando en tierra de nadie. Una u otra religión solo les servía para poder resistir moralmente mejor la desestructuración que amenazaba con aplastarlos.


Ahora Alfonso I avanzará. “Yermó los campos que llaman góticos, hasta el Duero”, dice la Crónica de Albelda en 884; y tanto la Albendense como la de Alfonso III, mencionan una veintena de ciudades fuertes que tomó y destruyó, desde Saldaña a Miranda, desde Amaya a Sepúlveda. O sea, reconquistó Amaya sin enemigos en ella. Desgraciadamente, Alfonso I no tenía medios para defender aquellas regiones y optó por convertir esa tierra en un “desierto” estratégico. Hubo, sin duda, grupos de campesinos, pastores y cazadores que resistieron en esa tierra de frontera pero ajenos a cualquier rey o califa.

Durante el reinado de Alhaquem I, año 802, se cita Amaya en la crónica de Ibn Hayyán en relación con la rebelión de la familia Banu Qasi (Los Casio) contra el gobernador Amrús que nos sirve para dudar de la supuesta despoblación de la plaza entre el 712 y el 860. Ahonda en este sentido la campaña árabe de represalias del 806, recogida en los anales compostelanos, y que se dirigió a la zona del Pisuerga. Es aceptable suponer que su objetivo fuese el valle alto –próximo a Amaya- y la razón podría ser una repoblación que había que frustrar. Siguiendo con las conjeturas pudieron arrasar cualquier hipotética defensa en Amaya. Nos veríamos entonces con unos poderes locales más interesados en dominar “su” territorio que en defenderse y atacar a los moros. Gracias a la cita del 802 tenemos un “duque”, “conde” o lo que sea en Amaya que se puede coaligar con sus equivalentes de la zona de Álava y de Castilla Vieja para la defensa mutua de sus intereses.

Diego Porcelos

Será Ordoño I quien en el año 856 ordene a Rodrigo, primer conde en Castilla conocido, que repueble y fortifique el lugar. Amaya se convierte así en otra fortaleza del frente asturiano y en núcleo del naciente condado de Castilla. Una tradición oral sin base histórica dice que era tal su fama y prestigio como frontera y vigía que bajo el mandato del conde Diego Porcelos, en el año 922 -algo imposible, pues había muerto muchos años antes- se hizo desviar el Camino de Santiago que atravesaba Álava para hacerlo discurrir por Briviesca y Amaya en dirección a Carrión de los Condes y Astorga. Pues eso, que esta leyenda tampoco es cierta.

En el año 989, las huestes de Hisham II pusieron cerco y arrasaron de nuevo la población en lo que fue la última batalla librada bajo sus murallas. Nuevamente arrasado el asentamiento, su repoblación, definitiva se produciría en tiempos del rey Ramiro II (Rey del 931 al 951).

La magia de este lugar es tal que se la asocia, incluso, a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, porque una de las fuentes de su genealogía, la primera de ellas, la más antigua, próxima a la muerte del Cid, la “Historia Roderici”, comenta: “El origen de su linaje parece que es este: Laín Calvo engendró muchos hijos, entre los cuales estuvieron Fernando Laínez y Bermudo Laínez. Bermudo Laínez engendró a Rodrigo Bermúdez. Laín Fernández engendró a Nuño Laínez. Roderico Bermúdez engendró a Fernando Rodríguez, el cual engendró a Pedro Fernández y a una hija llamada Eilo. Nuño Laínez tomó en matrimonio a esta Eilo y engendró en ella a Laín Núñez. Laín Núñez engendró a Diego Laínez, el cual engendró a Rodrigo Díaz Campeador en una hija de Rodrigo Álvarez, que fue hermano de Nuño Álvarez, el cual tuvo el castro de Amaya y muchas otras provincias de aquellas regiones”.

Obviando la poca credibilidad de estas cadenas familiares destacaremos que este parecía ser un lugar relevante, en tanto en cuanto, que interesaba enlazarlo con el famoso guerrero. Un vistazo al mapa de la zona nos informa de su condición de guardiana del norte por su ubicación en las últimas estribaciones de la cordillera Cantábrica, vigilando una de las rutas de acceso.


Será en el siglo XII cuando la población baje al llano inmediato. Arriba sólo quedaría la guarnición de la fortaleza. El rey Alfonso VIII de Castilla (1155-1214) entregó Amaya y otras poblaciones a Leonor de Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania. En 1217 esta población pertenecía al patrimonio real pero estaba usurpada, a la vez que su castillo, por Álvaro de Lara. El rey Fernando III, el santo, se la exigió. Los Lara desobedecieron y Álvaro terminó preso en Valladolid hasta que cedieron.

Aunque en 1296 Juan de Lara retuvo Amaya. La fortaleza continuaría en uso al menos hasta el siglo XIV según la documentación superviviente. Desde entonces desaparecen las menciones en las fuentes y se convierte en cantera para las casa de la población.  ¡C'est la vie!

Un último asunto. ¿El cerro de Amaya se llamaba así cuando fue ocupado o reocupado en la Edad del Hierro? ¿Ocurrió lo mismo cuando se re-reocupó? ¿Vetones y Lusitanos hablaban la misma lengua indoeuropea, no céltica, que turmogos y cántabros? Las inscripciones procedentes de Peña Amaya están tan fragmentadas o deterioradas que requieren la máxima prudencia. Únicamente hay tres nombres indígenas, también conocidos y usados por lusitanos y vetones: Auga; [---]ria Avita; [---]+o Pintoviq(um). Esto confirmaría, con las debidas cautelas, la unidad lingüística de turmogos-cántabros, vetones y lusitanos, toponímica y antroponímicamente. Y Amaya debió pertenecer a alguna de las ciudades cercanas.

Y, es que, a excepción de “Mugas”, el único término prerromano cuya etimología se ignora es “Amaya”. Para su esclarecimiento acudimos a territorio lusitano, donde existía una ciudad que griegos y romanos escribieron como “Ammaia” que, incluso, funcionaba como nombre de mujer. ¡Cómo hoy! Por consiguiente Amaya, igual que la cercana Ulaña, pertenece al acervo lingüístico que introdujeron los indoeuropeos en nuestra Península: vetones y lusitanos tenían muchas cosas en común con cántabros y turmogos, por lo que la existencia en sus territorios respectivos de nombres iguales o similares es verosímil y perfectamente explicable.

Estelas de Amaya

El término podría también reposar en la raíz prerromana “mar/mor”, que significa “agua quieta”.

Otra línea de estudio es ver que la raíz del topónimo “Amaya” es indoeuropeo y quiere decir “am(ma)” o “madre”. La raíz “amma” está bien documentada entre los pueblos indoeuropeos que poblaron la Península Ibérica, entre ellos los lusitanos. El sufijo io-ia también lo es y se utilizaba para formar nombres de acción o topónimos, lo cual implica que el significado de Amaya o Amaia es “ciudad madre” o, como se denominaría más adelante, “la capital”.

En euskera Amaia significa “el límite, el fin” o “la frontera”. En la internet hay viejas polémicas sobre la etimología de esta palabra. Me temo que causadas por motivos políticos más que históricos. Se pueden leer cosas como: “Etimológicamente, el nombre de AMAIA/AMAYA ha sido tenido por vasco, intentando explicarlo mediante la palabra del dialecto vizcaíno amai "fin", "término" + el sufijo -a "el, la, lo", justificando así al hecho de estar aquélla en los confines de la Cantabria lindante con las tierras de los vacceos” o esta otra visión: “AMAYA (Sobre el topónimo de) Según su significado de “confín, término” aparece, a veces, en el románico como “AMAYA de X” o, inversamente “X de AMAYA”, como “Valle de AMAYA”, “Tierras de AMAYA”. Deriva en MAYA, como MAYAmendi/Monte MAYA en el confín Pirineo (mal llamado “Mesa de los Tres Reyes”, por eso de que “mahai” significa “mesa”). AMAYUR>MAYOR “confín de la vertiente de aguas” (del Bidasoa). MAYA deriva en MAI>ME en ATAME “puerto del confín” en Basaburua (Nav.), MAYALDE, etc. Los componentes son reversibles en la posición: MAYOR/ROMAI, ATAME/META/MATA que derivan en MESA, MAIZA, MIEZA, MAIZ, MAYALDE/ALDAMA, etc. Comparte la forma de AMAYO, como en ARAMAYO “término del alto valle” (del Deva en este caso), TAMAYO “término del puerto, paso” que invierten ARAMAYO/MAYORA, TAMAYO/MIOTA, etc.”

En la toponimia actual aún encontramos, aparte de los que llevan el sobrenombre de Amaya por hallarse cerca de su emplazamiento, los pueblos de: Amayas (Guadalajara), en el interior de la Celtiberia; Amayuelas de Arriba y de Abajo, (Palencia), en territorio vacceo limítrofe con los cántabros; y Amayuelas de Ojeda (Palencia), en territorio cántabro, al noroeste de Amaya.

Claro que, existe una teoría más divertida por parte del proclamado (por algunos) primer historiador de Vizcaya. Un párrafo del libro XX de las “Bienandanzas e fortunas” de Lope García de Salazar dice:

“La casa e linaje de los Manriques, su fundamento fue de un cavallero que llamaban Manrique, que vino desgradado o aventaroso de Alemaña. E pobló en Campos, cerca de la peña de Amaya, e por quel era de Alemaña, e pobló cerca de aquella peña, llamaron la Alemaña, e corrompiéndose aquel lenguaje, llamose Amaya, e salieron deste Cavallero muchos buenos, que sucediendo de vno en otro, fueron mucho perversos, en tanto grado, que desian las gentes que eran fijos de un diablo, porque cada vez que moría alguno dellos, caya una peña dencima de aquella grande peña; pero esto no es de creer, ca del diablo nunca nació cosa buena, ca deste linaje ha avido e ay muchos buenos Cavalleros”.


Bibliografía:

“Peña Amaya y Peña Ulaña: toponimia y arqueología prerromanas” por Miguel Cisneros, Javier Quintana y José Luis Ramírez.
“La Castilla germánica” por José María Sánchez Diana.
“La conferencia de fray Justo Pérez de Urbel. Origen y camino de los repobladores de la Castilla primitiva.”
“Los obispos hispanos a fines del imperio romano (ss IV-VII): el nacimiento de una élite social” tesis doctoral de Manuel Prieto Vilas.
“Peña Amaya: el otro santuario de la reconquista” por Alfonso Romero, Ingeniero.
“Las leyendas de los señores de Vizcaya y la tradición melusiniana” por José Ramón Prieto Lasa.
“Bienandanzas e fortunas” de Lope García de Salazar.
“Historia de Castilla de Atapuerca a Fuensaldaña” por Juan José García González y otros autores.
“Burgos, torres y castillos” por Fray Valentín de la Cruz.
“Atlas de la Historia de España” por Fernando García de Cortázar.
“Amaya y Peones” por José Lastra Barrio.