Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 15 de octubre de 2017

Demasiados mitos en Peña Amaya (y 2).


Dejábamos el asunto en el momento en que las tropas bereberes islámicas desembarcaban en las costas del reino visigodo con la excusa de apoyar a uno de los contendientes.

Peña Amaya con la roca del castillo al fondo.

Teníamos el Ducatus Cantabriae –fundado entre el 653 y el 683-, con capital en Amaya Patricia, una circunscripción administrativa plena subdividida en “territorias” nucleadas por un castrum o castellum. De cada uno de ellos dependía un cierto número de villas y aldeas tributarias. Entre los territoria más relevantes del ducado de Cantabria se encontraban: Carrantia en la fachada atlántica y Campodio, Ripa Iberi, Malacoria, Castella, Mena, Tobalina, Flumencielo y Lantarón en la vertiente mediterránea de la cornisa cantábrica.

Amaya era la única civitas (Ciudad) de la zona y sus castra/Castella más notables eran Vellica, Castrorierro, Tetelia, Área Patriniani, Sobrón y Miranda. El ducado limitaba a levante de norte a sur con los territoria de Vizkai, Alaba, Urdunia, y Alaón que pertenecían al comitatus Vasconiae gestionado por el comes Casius. ¿Los famosos Casio convertidos luego al islam?

En el área de esta nueva provincia visigoda de Amaya se han encontrado monedas godas y broches de la segunda mitad del siglo VI. Los asentamientos son tan numerosos que dejan claro que la campaña de Leovigildo incorporó plenamente Amaya a su reino. Las acciones de Sisebuto se producirán más al oriente.


Y todo esto se desmorona por la ambición de los Witizanos. Los árabes, utilizando la todavía empleable red de vías romanas se desbocaron hacia las diferentes ciudades y fortificaciones visigodas para su dominio. Más fáciles en las poblaciones de partidarios de Witiza, al ser sus teóricos aliados, que en las demás. Los witizanos colaboraron con los vencedores, pero bien pronto comprendieron que los musulmanes iban a ser los nuevos amos.

Unos meses después de la batalla de Guadalete, las tropas musulmanas al mando de Táriq llegaron a Toledo. La ciudad aterrorizada se rindió mediante un pacto y el caudillo musulmán entró en ella el día 11 de noviembre, día de San Martín. La mayoría de la nobleza había huido pero no de los moros sino de los witizanos. Aun así, a ciertos señores que se habían quedado en Toledo Táriq los mandó matar. ¿Y el pacto? Pues parece que el crimen fue instigado por Oppas, hijo del rey Egica, hermano de Witiza y metropolitano de Sevilla que venía con los africanos. Otros que habían huido y fueron capturados también sufrieron la misma condena. Eran magnates visigodos que se habían distinguido por su enemistad con los witizanos o no les habían prestado el apoyo que ellos esperaban. El cronista descargaba las culpas sobre Oppas más que sobre los musulmanes.

El rey don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete

Sin tomar aliento, los agarenos entran en Clunia. Enfilan la vía de Cantabria y, cruzan el Arlanza para llegar ante los riscos de Amaya que saquearon pero sin destruir. Ahí pararon porque lo importante era dominar las poblaciones importantes y no todos y cada uno de los poblados. Además era peligroso internarse con poca fuerza en el laberinto de las montañas.

Dicen que gobernaba en Amaya el dux Pedro. Durante un tiempo se le mitificó haciéndole hijo del rey Ervigio seguramente buscando enaltecer su linaje y el de sus descendientes. Probablemente fuese godo como las tropas a su mando. Una leyenda sueña con que está enterrado en Tedeja, en Santa María de los Reyes Godos. Y, lo más importante sobre el dux: será el padre del futuro Alfonso I del reino Astur. Irónicamente, por esta vinculación sabemos de la existencia del ducado de Cantabria.

Imagen de Justo Jimenez

Me explico: es la Crónica Albeldense quien dice que Alfonso I es hijo de Pedro a quien titula como Dux de Cantabria y cita a Amagia (Amaya). Según Martínez Díez esto se confirmaría indirectamente por el título de duque que se le da también en la crónica Silense y por el apelativo de Amaya Patricia que solo se daba a las sedes ducales.

Tarik ben Ziyad, está el año 712 en Amaya y, probablemente, después en Astorga descabezando las provincias ducales visigodas de Cantabria y Asturias. Esto permitió a Muza ibn Nusayr concertar, con los notables de Yilliquiyya (Galicia) que salieron a su encuentro el año 714, una ponderada carta de amán, tras haber hecho lo propio con el bilad al-Baskunis o comitatus Vasconiae. Según Pérez de Úrbel los de Amaya rechazaron el Amán “pero se vieron obligados a capitular después de un asedio, que no debió ser muy largo, pues Muza tiene tiempo para reanudar aquel paseo victorioso, entrando en Lacóbriga (Carrión)”.

Gracias a pactar el islam pasó a controlar la generalidad de la cornisa cantábrica, creando circunscripciones administrativas de nueva planta: una en la costa, con capital en Gijón -la kura de Asturias-, que se extendía por el borde litoral hasta el Nervión, y dos en el interior, la kura de Amaya y la kura de Alaba wa Quilá. Las gestionaban los segmentos correspondientes a los viejos complejos técnicos de Cantabria, Autrigonia y Caristia. Unos y otros datos prueban que los pactos que Muza ibn Nusayr concertó el 714 con los notables del bilad al vascunis o comitatus Vasconiae y con los de yilliquiyya —representaba en este sector por el Ducatus Cantabriae, sometido, sin embargo, a la fuerza con anterioridad— funcionaron inicialmente con absoluta naturalidad.

Desembarco de Tariq (por Ángel Pinto)

¿Cómo pudo ser? ¿Cómo lograron unos pocos soldados musulmanes dominar el reino visigodo tan fácilmente? ¿Realmente dominaron el norte? Debió ser más fácil de lo que pensamos porque la fulgurante rapidez con que se movieron, la mayoritaria consideración que mostraron con los cristianos, el temor que infundieron tras resonantes éxitos militares como la rendición de Amaya Patricia, y el manifiesto respeto que tributaron inicialmente a los pactos firmados les permitieron hacerse presentes, para recaudar, por todos los rincones del centro y norte peninsular. Una estrategia que aplicaban con más ahínco que la obtención del botín o el exterminio de los vencidos. La gente del libro permanecía viva para pagar impuestos y trabajar.

Así, una base de operaciones tributarias se situó en Gijón para la fachada atlántica lo que era congruente con el estado de cosas del lugar. Allí podían contar con el apoyo interesado de los titulares hispanogodos de las villae esclavistas de la llanada central asturiana, dispuestos a mantener la mejor relación posible con cualquier poder que les garantizara tres cosas: respeto a su estirpe, tributación ponderada y amparo al patrimonio y al régimen laboral que les sustentaba.


Entre esos terratenientes estaba Pelayo que, constituido en rehén para garantizar el pacto concertado por sus pares, participó activamente, además, en las delegaciones que ejercían la diplomacia entre las tierras del norte y la capital del emirato.

Hubo mucho “templar gaitas” con los moros porque los caudillos estaban encantados con una dominación que les permitía mantener su estatus o mejorarlo convirtiéndose al islam. En las serranías del norte la fórmula islámica, y su tributación, fue bien acogida por los funcionarios hispanogodos y por los líderes campesinos que pactaron y se convirtieron a tiempo, pues, en contrapartida, les permitió seguir ejercitando la actividad recaudatoria que habían desempeñado al servicio del Estado bárbaro por más de un siglo.

También se intensificó el resentimiento de aquellos que, como Alfonso y Fruela, hijos del dux Pedro de Cantabria, habían perdido una prometedora carrera política. Sepamos que, cuando quisieron integrar el ducado de su padre en el reino astur, tuvieron que reestructurarlo comarca por comarca, síntoma de que había pasado por completo a manos del islam.


La victoria de Pelayo contra el general Alkhama en Covadonga vació de moros una amplia zona; unificó los segmentos ducales trasmontanos de Asturias y Cantabria en un solo reino que quedó afianzado con la boda de Alfonso I, primogénito del dux Pedro, con Ermesinda, hija de Pelayo; reintegró al cristianismo a los tornadizos; y, finalmente, realineó a los terratenientes con el triunfador.

Alejados de esa zona libre de armas moras es muy probable que hubiese conversiones al credo coránico de una porción significativa de los cristianos nativos, que se constituyeron en muladíes al menos por tres décadas. Y con ello, poco dados a rebelarse y a “recuperar” un espíritu de “indómito montañés”. Lo prueban las fuentes musulmanas que establecen una relación de causa a efecto entre el posterior desalojo del islam del espacio astur y reintegro instantáneo de los tornadizos al cristianismo.

Tampoco se crean que la rápida conquista musulmana del norte fue un paseo triunfal, aunque se rindiese Amaya, como apuntan las interesadas crónicas musulmanas. Los años previos al levantamiento bereber nos encontramos con la revuelta de Pelayo y un incremento de la tensión tributaria. El larvado contencioso entre los cristianos y los agarenos cobró un sesgo nuevo cuando la espantada beréber prendió el 740 por las serranías norteñas y por la Meseta Superior como remoto eco del formidable levantamiento que promovieron sus hermanos del Magreb contra la insultante prepotencia –hoy diríamos “supremacismo”- de los árabes.

La batalla de Guadalete (Ángel Pinto)

Estimulados por el éxito de los norteafricanos, los beréberes del centro-norte peninsular, que se habían hartado de malvivir, se replegaron belicosamente hacia el sur, ahuyentando o eliminando a su paso a los escasos contingentes árabes aposentados en las ciudades y enclaves más relevantes del arco montañés.

Aunque la retirada de los mahometanos se prolongó algo más y, en realidad, no se consumó totalmente hasta el año 754, lo cierto es que, tras la deserción de los beréberes —precisamente los responsables del control militar de la cristiandad—, las posibilidades de mantener sus propósitos tributarios y destinar parte de ese tesoro al mantenimiento de las estructuras del estado islámico resultaron imposibles a partir de los años cuarenta del siglo VIII.

Este repliegue de los conquistadores provocó el estupor de los recientes muladíes que pasaron a ser neófitos musulmanes, condición que la parálisis expansiva de los astures impidió que se convirtiera en un inconveniente mayor. Estos hispanomusulmanes decidieron aferrarse a su nueva fe tras el rápido e inopinado repliegue beréber. Les daba un poco igual estando en tierra de nadie. Una u otra religión solo les servía para poder resistir moralmente mejor la desestructuración que amenazaba con aplastarlos.


Ahora Alfonso I avanzará. “Yermó los campos que llaman góticos, hasta el Duero”, dice la Crónica de Albelda en 884; y tanto la Albendense como la de Alfonso III, mencionan una veintena de ciudades fuertes que tomó y destruyó, desde Saldaña a Miranda, desde Amaya a Sepúlveda. O sea, reconquistó Amaya sin enemigos en ella. Desgraciadamente, Alfonso I no tenía medios para defender aquellas regiones y optó por convertir esa tierra en un “desierto” estratégico. Hubo, sin duda, grupos de campesinos, pastores y cazadores que resistieron en esa tierra de frontera pero ajenos a cualquier rey o califa.

Durante el reinado de Alhaquem I, año 802, se cita Amaya en la crónica de Ibn Hayyán en relación con la rebelión de la familia Banu Qasi (Los Casio) contra el gobernador Amrús que nos sirve para dudar de la supuesta despoblación de la plaza entre el 712 y el 860. Ahonda en este sentido la campaña árabe de represalias del 806, recogida en los anales compostelanos, y que se dirigió a la zona del Pisuerga. Es aceptable suponer que su objetivo fuese el valle alto –próximo a Amaya- y la razón podría ser una repoblación que había que frustrar. Siguiendo con las conjeturas pudieron arrasar cualquier hipotética defensa en Amaya. Nos veríamos entonces con unos poderes locales más interesados en dominar “su” territorio que en defenderse y atacar a los moros. Gracias a la cita del 802 tenemos un “duque”, “conde” o lo que sea en Amaya que se puede coaligar con sus equivalentes de la zona de Álava y de Castilla Vieja para la defensa mutua de sus intereses.

Diego Porcelos

Será Ordoño I quien en el año 856 ordene a Rodrigo, primer conde en Castilla conocido, que repueble y fortifique el lugar. Amaya se convierte así en otra fortaleza del frente asturiano y en núcleo del naciente condado de Castilla. Una tradición oral sin base histórica dice que era tal su fama y prestigio como frontera y vigía que bajo el mandato del conde Diego Porcelos, en el año 922 -algo imposible, pues había muerto muchos años antes- se hizo desviar el Camino de Santiago que atravesaba Álava para hacerlo discurrir por Briviesca y Amaya en dirección a Carrión de los Condes y Astorga. Pues eso, que esta leyenda tampoco es cierta.

En el año 989, las huestes de Hisham II pusieron cerco y arrasaron de nuevo la población en lo que fue la última batalla librada bajo sus murallas. Nuevamente arrasado el asentamiento, su repoblación, definitiva se produciría en tiempos del rey Ramiro II (Rey del 931 al 951).

La magia de este lugar es tal que se la asocia, incluso, a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, porque una de las fuentes de su genealogía, la primera de ellas, la más antigua, próxima a la muerte del Cid, la “Historia Roderici”, comenta: “El origen de su linaje parece que es este: Laín Calvo engendró muchos hijos, entre los cuales estuvieron Fernando Laínez y Bermudo Laínez. Bermudo Laínez engendró a Rodrigo Bermúdez. Laín Fernández engendró a Nuño Laínez. Roderico Bermúdez engendró a Fernando Rodríguez, el cual engendró a Pedro Fernández y a una hija llamada Eilo. Nuño Laínez tomó en matrimonio a esta Eilo y engendró en ella a Laín Núñez. Laín Núñez engendró a Diego Laínez, el cual engendró a Rodrigo Díaz Campeador en una hija de Rodrigo Álvarez, que fue hermano de Nuño Álvarez, el cual tuvo el castro de Amaya y muchas otras provincias de aquellas regiones”.

Obviando la poca credibilidad de estas cadenas familiares destacaremos que este parecía ser un lugar relevante, en tanto en cuanto, que interesaba enlazarlo con el famoso guerrero. Un vistazo al mapa de la zona nos informa de su condición de guardiana del norte por su ubicación en las últimas estribaciones de la cordillera Cantábrica, vigilando una de las rutas de acceso.


Será en el siglo XII cuando la población baje al llano inmediato. Arriba sólo quedaría la guarnición de la fortaleza. El rey Alfonso VIII de Castilla (1155-1214) entregó Amaya y otras poblaciones a Leonor de Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania. En 1217 esta población pertenecía al patrimonio real pero estaba usurpada, a la vez que su castillo, por Álvaro de Lara. El rey Fernando III, el santo, se la exigió. Los Lara desobedecieron y Álvaro terminó preso en Valladolid hasta que cedieron.

Aunque en 1296 Juan de Lara retuvo Amaya. La fortaleza continuaría en uso al menos hasta el siglo XIV según la documentación superviviente. Desde entonces desaparecen las menciones en las fuentes y se convierte en cantera para las casa de la población.  ¡C'est la vie!

Un último asunto. ¿El cerro de Amaya se llamaba así cuando fue ocupado o reocupado en la Edad del Hierro? ¿Ocurrió lo mismo cuando se re-reocupó? ¿Vetones y Lusitanos hablaban la misma lengua indoeuropea, no céltica, que turmogos y cántabros? Las inscripciones procedentes de Peña Amaya están tan fragmentadas o deterioradas que requieren la máxima prudencia. Únicamente hay tres nombres indígenas, también conocidos y usados por lusitanos y vetones: Auga; [---]ria Avita; [---]+o Pintoviq(um). Esto confirmaría, con las debidas cautelas, la unidad lingüística de turmogos-cántabros, vetones y lusitanos, toponímica y antroponímicamente. Y Amaya debió pertenecer a alguna de las ciudades cercanas.

Y, es que, a excepción de “Mugas”, el único término prerromano cuya etimología se ignora es “Amaya”. Para su esclarecimiento acudimos a territorio lusitano, donde existía una ciudad que griegos y romanos escribieron como “Ammaia” que, incluso, funcionaba como nombre de mujer. ¡Cómo hoy! Por consiguiente Amaya, igual que la cercana Ulaña, pertenece al acervo lingüístico que introdujeron los indoeuropeos en nuestra Península: vetones y lusitanos tenían muchas cosas en común con cántabros y turmogos, por lo que la existencia en sus territorios respectivos de nombres iguales o similares es verosímil y perfectamente explicable.

Estelas de Amaya

El término podría también reposar en la raíz prerromana “mar/mor”, que significa “agua quieta”.

Otra línea de estudio es ver que la raíz del topónimo “Amaya” es indoeuropeo y quiere decir “am(ma)” o “madre”. La raíz “amma” está bien documentada entre los pueblos indoeuropeos que poblaron la Península Ibérica, entre ellos los lusitanos. El sufijo io-ia también lo es y se utilizaba para formar nombres de acción o topónimos, lo cual implica que el significado de Amaya o Amaia es “ciudad madre” o, como se denominaría más adelante, “la capital”.

En euskera Amaia significa “el límite, el fin” o “la frontera”. En la internet hay viejas polémicas sobre la etimología de esta palabra. Me temo que causadas por motivos políticos más que históricos. Se pueden leer cosas como: “Etimológicamente, el nombre de AMAIA/AMAYA ha sido tenido por vasco, intentando explicarlo mediante la palabra del dialecto vizcaíno amai "fin", "término" + el sufijo -a "el, la, lo", justificando así al hecho de estar aquélla en los confines de la Cantabria lindante con las tierras de los vacceos” o esta otra visión: “AMAYA (Sobre el topónimo de) Según su significado de “confín, término” aparece, a veces, en el románico como “AMAYA de X” o, inversamente “X de AMAYA”, como “Valle de AMAYA”, “Tierras de AMAYA”. Deriva en MAYA, como MAYAmendi/Monte MAYA en el confín Pirineo (mal llamado “Mesa de los Tres Reyes”, por eso de que “mahai” significa “mesa”). AMAYUR>MAYOR “confín de la vertiente de aguas” (del Bidasoa). MAYA deriva en MAI>ME en ATAME “puerto del confín” en Basaburua (Nav.), MAYALDE, etc. Los componentes son reversibles en la posición: MAYOR/ROMAI, ATAME/META/MATA que derivan en MESA, MAIZA, MIEZA, MAIZ, MAYALDE/ALDAMA, etc. Comparte la forma de AMAYO, como en ARAMAYO “término del alto valle” (del Deva en este caso), TAMAYO “término del puerto, paso” que invierten ARAMAYO/MAYORA, TAMAYO/MIOTA, etc.”

En la toponimia actual aún encontramos, aparte de los que llevan el sobrenombre de Amaya por hallarse cerca de su emplazamiento, los pueblos de: Amayas (Guadalajara), en el interior de la Celtiberia; Amayuelas de Arriba y de Abajo, (Palencia), en territorio vacceo limítrofe con los cántabros; y Amayuelas de Ojeda (Palencia), en territorio cántabro, al noroeste de Amaya.

Claro que, existe una teoría más divertida por parte del proclamado (por algunos) primer historiador de Vizcaya. Un párrafo del libro XX de las “Bienandanzas e fortunas” de Lope García de Salazar dice:

“La casa e linaje de los Manriques, su fundamento fue de un cavallero que llamaban Manrique, que vino desgradado o aventaroso de Alemaña. E pobló en Campos, cerca de la peña de Amaya, e por quel era de Alemaña, e pobló cerca de aquella peña, llamaron la Alemaña, e corrompiéndose aquel lenguaje, llamose Amaya, e salieron deste Cavallero muchos buenos, que sucediendo de vno en otro, fueron mucho perversos, en tanto grado, que desian las gentes que eran fijos de un diablo, porque cada vez que moría alguno dellos, caya una peña dencima de aquella grande peña; pero esto no es de creer, ca del diablo nunca nació cosa buena, ca deste linaje ha avido e ay muchos buenos Cavalleros”.


Bibliografía:

“Peña Amaya y Peña Ulaña: toponimia y arqueología prerromanas” por Miguel Cisneros, Javier Quintana y José Luis Ramírez.
“La Castilla germánica” por José María Sánchez Diana.
“La conferencia de fray Justo Pérez de Urbel. Origen y camino de los repobladores de la Castilla primitiva.”
“Los obispos hispanos a fines del imperio romano (ss IV-VII): el nacimiento de una élite social” tesis doctoral de Manuel Prieto Vilas.
“Peña Amaya: el otro santuario de la reconquista” por Alfonso Romero, Ingeniero.
“Las leyendas de los señores de Vizcaya y la tradición melusiniana” por José Ramón Prieto Lasa.
“Bienandanzas e fortunas” de Lope García de Salazar.
“Historia de Castilla de Atapuerca a Fuensaldaña” por Juan José García González y otros autores.
“Burgos, torres y castillos” por Fray Valentín de la Cruz.
“Atlas de la Historia de España” por Fernando García de Cortázar.
“Amaya y Peones” por José Lastra Barrio.


domingo, 8 de octubre de 2017

Medina de Pomar, el Santo Rosario y –nosotros- de fiesta.


Como muchas de las pautas de la Iglesia Católica esta no surge de la noche a la mañana. Se intuye su origen en el siglo X. Pensemos que en el año 910 se fundó la Orden Cluniacense la cual daba gran importancia a la oración coral comunitaria. Los de Cluny querían que sus abadías fuesen un anticipo de la Jerusalén celestial donde santos y ángeles cantan alabanzas a Dios para interceder por todos los seres humanos.


Siguiendo esa idea distinguieron entre dos tipos de monjas y monjes: los dedicados a la oración coral (con unos 150 salmos diarios) y los dedicados al trabajo manual. Por supuesto, estos últimos serían personas iletradas que trabajaban en la cocina, la portería, la huerta… Y oraban. No de la forma en que lo hacían los “religiosos vip” pero rezaban individualmente unos 150 Padrenuestros al día. Diríamos que para no ser menos que los cantores de salmos. Esta costumbre se difundió entre otras comunidades religiosas, y entre sacerdotes y laicos.

Los del Cister (orden fundada en 1098) serán más de la Virgen María. Pensemos que todas sus abadías llevan nombres marianos. Bernardo de Claraval (1090-1153) veía a María más como Madre que como Reina (que era lo normal desde el siglo V). ¿A que no saben que Bernardo inventó el título de “Nuestra Señora”? Tal y como se hizo con Santiago Matamoros que pasó a ser peregrino, María pasa de “Señora feudal” a ser “Nuestra Madre”. Y, evidentemente, los cistercienses no estaban para rezar Padrenuestros –o, al menos, solo Padrenuestros-. Las monjas y monjes cistercienses reemplazan algunos Padrenuestros por Salutaciones de la Virgen María. ¿Qué? Entendamos que todavía no se había creado la oración del Avemaría y solo se rezaba la primera parte, la Salutación del ángel: “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo” y los más “cafeteros” añadían la segunda parte del saludo: “Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”.

Alain de la Roche

En el siglo XIII se extiende la costumbre de rezar 150 Salutaciones, en lugar de 150 Padrenuestros. Será el “Salterio de María”. Y para redondearlo se añade el nombre de “Jesús” al final de la Salutación del Ángel.

Y cómo ciento cincuenta es una cifra muy alta para contar con los dedos se diseñará unos elegantes contadores de Avemarías. Serán los rosarios. ¿Verdad que ha tardado en salir la palabrita?

En el siglo XIV las Órdenes mendicantes (Franciscanos, Dominicos, Carmelitas y Agustinos) difundirán el Salterio de María en sus predicaciones ante los laicos. Principalmente lo difundieron en la zona de Renania, donde en el siglo XIII se había desarrollado el movimiento espiritual de las beguinas (mujeres piadosas y místicas que vivían en comunidad). Pero la espiritualidad de las beguinas cayó bajo la sospecha de herejía, por lo que un medio de reconducir a aquellas mujeres fue inculcándolas el rezo del Salterio de María. Y dado que la mística renana fue también sospechosa de herejía, surgió hacia 1380 otra corriente espiritual: la Devotio Moderna.

Iglesia del Sto. Rosario de Medina de Pomar
(2012)

La Devotio Moderna proponía una oración sencilla y metódica y la meditación de los pasajes del Evangelio. Y aquí encajaba el soniquete del rezo del Salterio de María. Pues bien, es entonces cuando en ciertas abadías cartujas de la zona renana, se van a añadir al final de cada Salutación del Ángel una coletilla que ayude al orante a meditar un pasaje de la vida de Jesús. Por ejemplo: “… y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús, que nació en Belén”. O “… que murió en la Cruz”. Y, así, se va extendiendo la costumbre de añadir a cada una de las 150 Salutaciones una terminación diferente sobre Jesús.

Se ha llegado a la convención de que fue a comienzos del siglo XV cuando se crea el Avemaría completo, añadiendo la segunda parte: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Y es así como poco a poco se va conformando el rezo del Rosario que todos conocemos, en el que se combina el recitado de Avemarías y la meditación de pasajes de la vida de Jesús y su Madre.


Dentro de este mundillo del Rosario debemos hablar un poco de las llamadas “Cofradías del rosario”. En 1470 el dominico Alain de la Roche o Alano de la Rupe (1428-1475), funda en Douai (ciudad del norte de Francia, cercana a la zona renana) la Cofradía del Salterio de la Gloriosa Virgen María. Buscaba difundir la devoción al Rosario; crear un ambiente de espiritualidad mariana entre sus cofrades; y pedir la intercesión de la Virgen. Entendamos que fue porque la Virgen se le apareció, le pidió que reviviera el rezo y que recogiera en un libro todos los milagros llevados a cabo por el rosario. Por ello, presentó la famosa versión del surgimiento del Rosario que contiene su libro “De Dignitate Psalterii” (De la dignidad del Salterio de María):

“Viendo Santo Domingo de Guzmán que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró en un bosque próximo a Tolosa y permaneció allí tres días y tres noches dedicado a la penitencia, a la oración continua, sin cesar de gemir llorar y mortificar su cuerpo con disciplinas para calmar la cólera divina, hasta que cayo medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de tres princesas celestiales y le dijo: "¿Sabes, querido Domingo de que arma se ha valido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?"

¡Oh Señora, tú lo sabes mejor que yo, respondió el; porque después de Jesucristo, Tu Hijo, Tú fuiste el principal instrumento de nuestra salvación!


Pues sabe añadió Ella, que la principal pieza de batalla ha sido el salterio angélico (El Rosario), que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos predica mi salterio. (…)

Pues bien, inspirado en Alain, el prior de los dominicos de Colonia (ciudad situada en la zona renana) creó en 1475 la primera Cofradía del Rosario.¡Bang! Un éxito entre los fieles, las autoridades civiles y las eclesiásticas. Esto hizo aparecer Cofradías del Rosario en otros conventos dominicos, pasando a ser responsabilidad de la Curia Generalicia de la Orden de Predicadores (Roma) en 1485. Desde entonces serán los dominicos los grandes difusores del Rosario.

¿Qué contribuyó al éxito del Rosario para que hoy continúe siendo rezado? Para algunos religiosos serían cuatro factores: sencillez, se puede rezar individual o comunitariamente, anima a meditar los Evangelios y ayuda a pedir a Dios lo que necesitamos.

Por cierto, se le llamó rosario porque se utilizaban rosas para adornar la corona de la Virgen y a la Madre de Dios se le llamaba desde antiguo “rosa mística”.


Avancemos un poco en el tiempo. Situémonos en la épica batalla de Lepanto (1571) donde el hermanastro de Felipe II dio para el pelo a los turcos. El Papa Pío V (1504-1572) pidió a los fieles cristianos que rezaran el Rosario para que María intercediera. Y, como fue una victoria, en 1573 el Papa Gregorio XIII (1502-1585) instituyó la fiesta de la Virgen del Rosario el primer domingo de octubre. Posteriormente esta fiesta pasó al 7 de octubre, día de la batalla de Lepanto. Queridos medinenses, las fiestas son en octubre porque en estos días se produjo la victoriosa batalla de Lepanto.

Pío V fijó el modo de rezar el Rosario. Constaría de tres grupos de cinco misterios:

Gozosos: invitan a meditar sobre pasajes de la infancia de Jesús.
Dolorosos: sobre la pasión.
Gloriosos: resurrección del Señor y acontecimientos posteriores.

En cada misterio se rezan un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. Como vemos es una oración en la que se repite rítmicamente el Avemaría.

La Revolución Francesa y las sucesivas revoluciones liberales del siglo XIX mermaron la influencia, el patrimonio y el poder de la Iglesia Católica. Las desamortizaciones en España son un buen ejemplo como la exclaustración de muchas personas instruidas que estaban viviendo del cuento en los conventos y monasterios.

Medina de Pomar

En dos de las más famosas visiones Marianas el Rosario aparece: en Lourdes, (1858) la Virgen pide que se rece el Rosario, y en Fátima (1917) la Virgen se llama a sí misma “Nuestra Señora del Rosario”. El Papa León XIII (1810-1903) dedicará al Rosario once Encíclicas. En la primera (1883) declara octubre como mes del Rosario.

El siglo XX, con todos los radicalismos que le azotaron (nacionalismo, comunismo, fascismo…) quebró los valores tradicionales católicos. Quizá por eso el Papa Juan Pablo II (1920-2005) promovió el Rosario e introdujo cinco nuevos misterios: los luminosos, que versan sobre la vida pública de Jesús.

Y, además de todas estas virtudes, rezar el Santo Rosario rebaja los castigos que los pecadores sufrirán en la otra vida. La Iglesia Católica confiere una indulgencia plenaria si el rosario se reza en una iglesia o un oratorio público o en familia, en una comunidad religiosa o asociación pía; y se otorga una indulgencia parcial en otras circunstancias. Claro que con condiciones: que se recen las cinco decenas del Rosario sin interrupción; las oraciones sean recitadas y los misterios meditados; si el Rosario es público, los Misterios deben ser anunciados. Y alguna cosa más.

Desde el 10 de febrero de 2009 es patrona de la zapaterísima Unidad Militar de Emergencias (UME), cuerpo creado el 7 de octubre de 2005 en coincidencia con la festividad de Nuestra Señora del Rosario.


Vale. Ya sabemos mucho sobre el rosario pero desconocemos la razón para que esta celebración religiosa se convierta en las fechas de las fiestas de Medina de Pomar. Pues, ¿Por qué va a ser? Porque la Virgen del Rosario es la patrona de la ciudad.

Remontémonos al 7 de octubre de 1751 cuando la iglesia de Santa María del Salcinal pasó a llamarse Nuestra Señora del Rosario y se convirtió, mediante el voto realizado por el Ayuntamiento medinés, en la patrona de la localidad en honor a la victoria de la batalla de Lepanto. ¿Recuerdan lo contado arriba?

Volvamos a la seriedad. Julián García Sainz de Baranda nos cuenta que la primera imagen de la Virgen fue vendida con otras del siglo XIV. La describen como románica, sentada y con el Divino Niño sobre su rodilla izquierda sosteniendo en su mano el mundo. Paréceme la clásica Virgen románica. La actual es del siglo XVIII, tiene al Niño Jesús en sus brazos y preside el altar del Santuario de Nuestra Señora del Rosario. La talla fue regalada por el benefactor medinés Agustín Villota, que la trajo de Cádiz en torno al tercer cuarto del siglo XVIII. No tiene más que rostro, manos (como fue común en esa época) siendo la talla del niño más completa.


La parroquia del Santo Rosario está extramuros de Medina de Pomar, bueno ya menos, situada en la margen derecha del río Trueba. Ya existía esta iglesia en tiempos del Rey Alfonso VII pues en el fuero que dio este Monarca a Medina menciona a esta iglesia, como lugar donde se debía recibir el juramento a los testigos.



Bibliografía:

Periódico “El Heraldo de Madrid”.
Periódico “El imparcial”.
“Apuntes sobre la historia de Las Merindades antiguas de Castilla” por Julián García Sainz de Baranda.
Periódico ABC
El Santo Rosario y Nuestra Señora del Rosario. 




domingo, 24 de septiembre de 2017

Demasiados mitos en Peña Amaya (primera parte).

  
Hoy salimos fuera de nuestra comarca. Vamos a un lugar que ha influido mucho –más como entelequia que como principio- en la historia política de Las Merindades, de Burgos, de la antigua provincia de Santander y de Vizcaya.


Peña Amaya (comarca de Las Loras) está situada sobre un cerro amesetado, una muela, de altitud creciente de Oeste a Este, con su máxima cota (1370 m) en su extremo Noreste. El acceso al castro se realiza a través de una trinchera ascendente excavada en la roca, de unos 2 m de ancho y 250 m de longitud, que pudo formar parte de un recinto defensivo. Romualdo Moro pareció identificarlo en 1891. Amaya es un yacimiento arqueológico peculiar por sí, por su dilatada ocupación y por la leyenda. Para algunos fue la capital de los cántabros prerromanos cuando no aparece citada por los historiadores clásicos. ¡Mecachis!.

En aquellos tiempos la situación geográfica de esta “capital”, Amaya, era muy importante al situarse en la aceptada frontera entre los cántabros y los turmogos. Una zona de contacto, con enfrentamientos militares y límites difusos y cambiantes. Estas fronteras son cultural y materialmente ambiguas donde influyen las relaciones étnicas, comerciales, sociales y las vías de comunicación más que monolitismos culturales. Sin embargo, por tradición, el asentamiento ha sido incluido dentro de la Cantabria prerromana, debido al supuesto trazado de la línea de su frontera meridional y no a la existencia de una estructura social o de una cultura material ya que incluso la consideración de Amaya como ciudad cántabra sólo puede establecerse en época visigótica.


No nos olvidemos del cercano yacimiento de La Ulaña, a 4 km. Dada su presencia es difícil asumir una coexistencia de hábitats de grandes dimensiones tan cerca. Podría llegar a considerarse como una línea de estudio la posibilidad de una traslación del centro de poder político, si en época cántabra pudo estar en La Ulaña a Amaya tras la conquista, aunque tendría un papel secundario respecto a Pisoraca y Iuliobriga.

Cortesía de BUCIERO VIDA SALVAJE

Volviendo al camino. En la explanada hay ruinas de edificaciones medievales y en la cumbre los restos de la fortaleza, debiendo flanquear una muralla de aparejo ciclópeo. Desde las ruinas otra senda continúa hacia el Norte hasta topar con un alomamiento de 240 m de longitud que esconde una muralla medieval de mampostería y de 3 m de ancho. El Castillo, que es la zona de la fortaleza medieval, continuó en uso hasta el siglo XIV. Se han dado cuenta que tenemos un castro, ruinas de poblamiento medieval, un castillo… ¿Qué necesitaba? Cierto, agua. Lo había en la zona de la Peña. Todo arreglado.

Amaya ha sido un recurso literario durante más de 150 años y, quizá, por ello el yacimiento arqueológico es conocido y –en cierta forma- sobrevalorado. Podemos citar libros como “Peña Amaya” de Pedro Santamaría o el folletín "Amaya o los vascos del s. VIII" del sobrevalorado Navarro Villoslada (1879). Fue tal su impacto que hoy en día callejean personas con los nombres que inventó para sus protagonistas. Evidentemente carecía de base histórica y sus nombres no tenían nada que ver con la peña de Burgos y sí con los conceptos de principio (Hasiera/Asier) y fin (Amaia/Amaya). Para que quede claro, es el mismo caso que ocurre actualmente, 2017, con “Juego de Tronos” y las niñas registradas con el nombre de Daenerys o de Khaleesi. ¡Espero expectante encontrarme con algún Tyrion!


Vayamos a lo serio: la historia que conocemos. Allí existe un poblado de la edad del hierro, un castro provisto de murallas y en un lugar protegido naturalmente. Si nos ponemos a escarbar obtenemos un limitado conocimiento del asunto y, en muchos casos, impreciso.

Como acabamos de señalar, Peña Amaya conoce su primera ocupación en el Bronce Final como lo atestiguan la espada de lengua de carpa y el hacha de talón que recupera Moro y en las cerámicas de Cogotas I en la zona de la fuente donde, al parecer, se halló la espada citada. Pero, siempre tenemos peros, su poblamiento no fue más allá del siglo XII a.C. y hubo una migración hacia otros asentamientos aunque Amaya permaneció en el plano simbólico. De ahí esas piezas encontradas (la espada y el hacha).

Otrosí, por ahora no se han encontrado en las excavaciones restos de la edad del Hierro lo que podría llevarnos a la conclusión –aunada con lo ya dicho- que el inhóspito alto estuvo deshabitado, o casi, en los inicios de ese periodo. En otros castros sí se han hallado restos del Hierro. Por citar uno importante para el caso Amaya: La Uleña.


Quizá la muralla ciclópea del cerro del castillo pertenecería al periodo del bronce porque no se parece a las defensas cántabras ni romanas o medievales. La etapa cántabra parece ser conocida por algunos materiales metálicos (piezas de cinturón, una fíbula tipo Miraveche, etc.), los denarios ibéricos del Museo de Burgos, un cuchillo tipo Monte Bernorio y el enganche metálico y la canica presentados por Bohigas. Pero los trabajos de Miguel Cisneros, Javier Quintana y José Luis Ramírez apenas han encontrado restos de este periodo. Dos cerámicas pintadas que recuperaron se inscriben entre las manufacturas de tradición indígena de comienzos de época romana. El cuchillo afalcatado encontrado en un hoyo junto a un ánfora altoimperial, fechado en los siglos II-I a. C. estaba totalmente descontextualizado. Aun así, confirmaron la existencia de una Amaya Cántabra pero de poco fuste e improbable capital. Más enjundia tuvieron los castros de La Ulaña o Monte Bernorio.

Muralla. Cortesía de ZaLeZ

Y esta cercanía de castros puede ayudar a esclarecer las dudas sobre su régimen económico dadas las tierras del contorno. Apoyamos este razonamiento en la general existencia de recintos fortificados en los castros. Veamos, ¿para qué necesitas una muralla? Para que no te ataquen y para mostrar fortaleza, claro. ¿Por qué te atacarían? Para quitarte los bienes que tienes en el poblado. Bien. ¿Quién te atacaría? Según el cine típico: los “malos”. ¿Y si nos atacan los “buenos”? Me explico: la población castreña se dedicaba a la rapiña de los pueblos agrícolas y ganaderos, más ricos, de su entorno. Por ello, no importaba la cercanía de otros castros depredadores y, siendo ellos los atacantes, las murallas eran para proteger sus capturas. Por cierto, ¿recuerdan la razón para el ataque de los romanos a los cántabros? La protección de sus aliados ante la rapiña de los montañeses.

Tampoco es segura la participación de Amaya en los combates de las guerras cántabras, no es mencionada por ninguno de los cronistas romanos que sí mencionan otros castros tomados por las legiones. Aunque su posición estratégica en una ruta que seguro que transitaron las cohortes augusteas en liza implicaría que Amaya fue tomada por Roma en algún momento entre los años 29 a.C. y 19 a.C. y que no les representó mucho esfuerzo.


Aunque podría ser que sí tuviese importancia en la guerra. Pero no en el lado que suponemos. Amaya fue un castro cántabro con poca población pero en un lugar estratégico para Roma cuando establece su base de operaciones en Sasamón. Ello explicaría la presencia de materiales y estructuras romanas de época augusta que en este lugar de la península no pueden entenderse si no es vinculadas al contingente militar. Llegada la victoria continuó como establecimiento militar para el control y protección de la vías, y consecuentemente con efectivos de la legión establecida en Pisoraca, acogiendo una población civil dependiente primeramente de la propia presencia del ejército y pudiendo desempeñar cierto papel administrativo, siempre en un segundo orden respecto a Iuliobriga o Pisoraca, al menos en el altoimperio.

Itinerario de Barro

La cita más antigua de esta ciudad la encontramos en el muy controvertido Itinerario de Barro, hallado en Astorga (León) y fechado hacia finales del siglo I o principios del siglo II d.C. donde aparece como una de las etapas.

La presencia romana se ve en fragmentos de terra sigillata hallados en superficie, en la colección de estelas –con onomástica romana e indígena-y en las monedas depositadas en el Museo de Burgos (acuñaciones de Augusto y Tiberio, de las cecas de Caesaraugusta, Calagurris, Celsa, Bilbilis o Cascantum, además de una de Antonino Pío de mediados del II d. C.). Otros hallazgos dejarían caer la posibilidad de actividades diferentes a las militares como parecen indicar las estelas y las piezas de tocador (pinzas, paleta, cucharita de cerumen, ungüentarios), asas de muebles, pulseras, etc., del museo burgalés.

La presencia de numerosos fragmentos de tejas en la cumbre del cerro del castillo confirmaría la ocupación de este periodo. Uno de los sondeos de la ladera Sur proporcionó una estratigrafía con niveles altoimperiales y tardorromanos asociados a construcciones. La más interesante es una pobre edificación formada por muros que emplean tanto grandes bloques como pequeños mampuestos, todos ellos sin regularizar y sin mortero. Una edificación secundaria, tal vez inmediata a otra de mayor porte, pero en cuyo derrumbe se conservan interesantes materiales: fragmentos de vasos de paredes finas, un pequeño trozo de sigillata, tachuelas y dos monedas, un quinario de Augusto de la serie acuñada por Lucius Carisius para las guerras cántabras entre el 25 y el 23 a. C. y una curiosa falsificación de época, un quinario forrado tardorrepublicano que parece imitar algunas de las amonedaciones de la familia Cassia.


En una de las zonas más favorables del castro, la del llano de la fuente, se localizaron una estructura de barro pobremente construida con fragmentos de dos lucernas, del siglo I a. C., vasos de paredes finas y de cerámica común, de cerámica pintada de tradición indígena y objetos metálicos, como un cuchillo de hierro y un fragmento de pulsera de bronce. En la zona de La Peña más próxima al ingreso al castro también hay restos romanos, más modestos, que corresponden al periodo tardío, como demuestra un vaso con esquemas de círculos.

Dados los restos se llegó a la conclusión según la cual el primer establecimiento romano fue un acuartelamiento. Lógico. Así, los endebles restos constructivos del momento procederían de un Castra Aestiva, campamento provisional, fruto de las necesidades de la guerra contra los cántabros. Las estructuras, los restos domésticos y la información deducible de la colección epigráfica demuestran que andando el tiempo el asentamiento tuvo también carácter civil. Pensemos que las once estelas recuperadas es un número relativamente significativo que nos empuja a pensar en una ciudad o establecimiento de cierta entidad.


El asentamiento romano cambiará el statu quo: surgen nuevos centros que, desplazando a los anteriores, conservarán su topónimo. En el caso de La Ulaña-Amaya, quizá, el proceso no fue exactamente así, pero podría ser esa reorganización político-espacial la razón oculta tras una hipotética traslación. ¿Razones?:

1) la escasa entidad de los restos del horizonte Hierro II en Amaya y la ausencia de romanos en La Ulaña.
2) su proximidad, alrededor de 4 km.
3) su extensión —Amaya 42 ha y La Ulaña 285—, dados los problemas de concepción y de explotación del espacio que plantean dos centros de grandes dimensiones en este periodo alejado de las rapiñas.
4) el trazado viario de época romana, ya que la calzada que comunicaba la Meseta Norte con la costa cantábrica, que era un eje viario para toda la red de caminos secundarios que cruzaban la zona vertebrando el área, discurre al Oeste de Amaya, quedando La Ulaña desplazada.

Asumimos con ello la presencia de un centro, aunque su nombre no conste en la documentación imperial que nos ha llegado, que atraería población romanizada y permitiría la creación de las villas circundantes.

Desde el desmoronamiento del Imperio Romano (oficialmente en el 476, pero en Hispania esta fecha se adelanta al 411) las noticias que poseemos sobre el devenir histórico de la cordillera cantábrica son muy escasas. Algo dicen el fortalecimiento de las guarniciones e infraestructuras militares del limes entre los cántabros y la meseta en el siglo III, que se ampliaba hacia los astures por el oeste y los íberos por el sudeste. Podríamos decir que la zona de Amaya quedó fuera de los dominios de los Suevos y los Visigodos y parece que fue la cabecera de un territorio autónomo. Para Javier Quintana López esta situación sería fruto de quedar fuera de los principales intereses de los germanos y alejada de los pillajes que se producían en las zonas costeras.

Guerreros Visigodos

Los testimonios literarios hablaron de su peso en el esquema del territorio. Juan Biclaro (Chronica de Iohannes Biclarensis), cronista de Leovigildo, determinó que el objeto de la conquista del 574 era tomar Amaya como principal núcleo (¿civil o militar?) al sur de la cordillera y que estaba fortificado. ¿Mejoraron las defensas romanas con recrecimientos nuevos?

San Braulio en su “Vida de San Emiliano”, escrita entre los años 635-640 cita la curación de la paralítica Bárbara en un lugar cercano a Amaya que es usada como referencia para los lectores. Cita también que el santo, en un probable proceso evangelizador, anunció al senado de la población su caída, en especial menciona al senador Abundancio que caerá a manos de Leovigildo.


Y, ese senado, ¿Lo era local –un concejo-o era una asamblea de múltiples tribus cántabras libres? No se sabe pero para algunos la asamblea es una atractiva visión política que podrían emplear en el presente.

¿Qué tenemos? Tenemos dos nombres latinos, una sociedad estructurada al presentarnos propietarios y nobles y que hay una organización política al menos municipal. ¿Qué no tenemos? No hay nombres germánicos (ni suevos ni godos entre estas gentes), ni indígenas, ni estructuras sociales diferentes a las romanas. Concluiríamos que, es estos aspectos, es una sociedad romanizada en profundidad que siguió –a su manera- por estos cauces. Para E.A. Thompson en “Los godos en España” sería “una sociedad gobernada por los terratenientes hispano-romanos locales”.

Los restos de vasos y sigillatas recuperados se refieren a un arco cronológico que va del siglo VI al VII y los metales recogidos (como el sello signatario de oro hallado por Osaba en 1970) se fechan en pleno periodo de dominio visigodo. También hay discusiones con la cerámica sobre si son modelos altomedievales o no. Estas cerámicas pintadas y estriadas –las conocidas como cerámicas de repoblación- deberían ser continuación de los procesos bajo imperiales para evitar el absurdo de que el Ducado de Cantabria no hubiese dejado rastros en el registro estratigráfico.


Avanzamos. El territorio cae bajo el control de Leovigildo en el 574 como lo recuerda el relieve del relicario de marfil de San Millán de la Cogolla (La Rioja), del siglo XI, donde se representa a este rey castigando a los habitantes de Amaya, y en él figura la inscripción “Ubi Leovigildus rex Cantabros afficit” (En donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros).

Y, entonces… ¡aparecen los merovingios! O, al menos, eso dicen algunos partiendo de un texto recogido en la Crónica de Fredegario donde se dice que, con anterioridad al reinado de Sisebuto- es decir, antes del 612-, la provincia (goda, se entiende) de Cantabria habría caído en manos de los francos. Y, por ende, con ella Las Merindades. Según esta Crónica, durante un tiempo la región de Cantabria habría sido un ducado tributario del reino franco bajo el gobierno de un duque llamado Francio (“Dux Francio nomen, qui Cantabriam in tempore Francorum egerat, tributa Francorum regibus multo tempore impleverat”). Durante su reinado Sisebuto (612-621) reintegraría gradualmente este territorio del norte llegando hasta los Pirineos.

Pero este controvertido incidente debió ocurrir más al este –aun cuando se habla de Cantabria- y serían las tierras del oriente alavés y zonas de navarra las concernidas en esta historia. ¿Entonces? ¿Los nombres? Pues, la impresión que producen tanto los hallazgos arqueológicos como las distintas noticias históricas es que nos encontramos ante un territorio fronterizo por el que rivalizan francos y visigodos y al que, siguiendo un método habitual en la época, las fuentes literarias de uno y otro bando aluden siguiendo unos códigos de referencia basados en la toponimia clásica. Según esto, la mención franca a un “ducado de Cantabria” ha de contrastarse con el testimonio godo de una “Gallia Comata”. Un territorio, grosso modo, coincidente con el actual área vascófona. Vamos, que Amaya no fue ciudad merovingia.


Peña Amaya se constituyó en una de las principales plazas del ducado de Cantabria y en fortaleza contra las incursiones de grupos de cántabros y vascones no sometidos que actuaban en las fronteras administrativas de esta provincia visigoda. Su frontera oriental se situaría entre Victoriacum (Vitoria) y Ologicus (Olite).

Para no olvidarnos de todos los aspectos, tocaremos la campana de la posible sede episcopal en Amaya. Probablemente simultanearía ser sede administrativa y sede religiosa en un mundo con poder político arriano y pueblo católico.

En el 712, Táriq ben Ziyad conquista la ciudad y vuelve en el 714 a sofocar una rebelión, arrasándola. El dux Pedro huye a las montañas del norte y…

Y eso será contado la próxima semana.


Bibliografía:

“PEÑA AMAYA Y PEÑA ULAÑA: TOPONIMIA Y ARQUEOLOGÍA PRERROMANAS” por Miguel Cisneros, Javier Quintana y José Luis Ramírez.
“LA CASTILLA GERMANICA” por José María SANCHEZ DIANA.
“LA CONFERENCIA DE FRAY JUSTO PEREZ DE URBEL, O. S. B. Origen y camino de los repobladores de la Castilla primitiva.”
“Los obispos hispanos a fines del Imperio Romano (ss IV-VII): El nacimiento de una élite social” tesis doctoral por Manuel Prieto Vilas.
“PEÑA AMAYA: EL OTRO SANTUARIO DE LA RECONQUISTA” por Alfonso Romero, Ingeniero.
“LAS LEYENDAS DE LOS SEÑORES DE VIZCAYA Y LA TRADICIÓN MELUSINIANA” por José Ramón Prieto Lasa.
“Los cántabros en la antigüedad: la historia frente al mito” por José Ramón Aja Sánchez, Miguel Cisneros Cunchillos, José Luis Ramírez Sádaba, J. Quintana López y otros.
“¿Váscones o Wascónes? Acerca del Ducado de Cantabria y la fundación de ciudades en el norte peninsular en época visigoda” por Rafael BARROSO CABRERA, Jesús CARROBLES SANTOS y Jorge MORÍN DE PABLOS.
"Atlas de historia de España" por Fernándo García de Cortazar.
Arteguías.com


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